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Romance en el 40

                  Llamó el teléfono
                  Se cruzaron sus líneas
Sus voces fueron atractivas.
Imanes opuestos. Se citaron... Plaza Lavalle, él una flor en el ojal, ella un ramillete de violetas en la solapa. Hoy nos parece cursi... y en esa época era tan normal. Cuando se vieron se produjo el milagro renovado en cada día; brotó el amor, la química funcionó.

Se gustaron y empezaron a frecuentarse.
Él elegante, joven, moreno apuesto, petulante, machista llevando todo por delante. Impetuoso potro salvaje.
Ella, ¡ah! ella, coqueta, bonita, muy elegante, femenina, viajaba en tranvía, de sombrero, cartera y guantes en juego. Se veían.

Ella se nebaga, no quería verlo, él persistente la perseguía, mas ella no, no quería, aducía su edad. Mayor siete años, él veinticuatro, ella treinta y uno. A él no le importaba, estaba segado, impactado por la finura, los modales, la elegancia y la resistencia de ella.

La quería y no cejó. Doy gracias a Dios.
La persiguió, la acosó y, al final, se casó con ella. Ganó.
La quiso toda su vida. ¡Si lo sabré yo!!
Ella veía por él, por sus ojos, y hasta hablaba por su boca.
¡Él, él se sentía orgulloso!
Orgulloso de su esposa y sus hijas, casi siempre les compraba lo mejor; lo lindo era que compraba lo mejor con alegría, y compartía con ello su amor.
Era un padre cariñoso, juguetón y protector. Si lo sabré, que soy el producto de ese amor.

 

 

 
     

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